“Amor y control”. La fórmula del sufrimiento.

Conozco muy bien esa sensación de rogar al cielo y cruzar los dedos, para que alguien que amas actúe de la forma correcta, según tú, y así sencillamente pueda «ser feliz». Sé de ese instinto que te lleva a sufrir porque un ser amado «se equivoca» y vive las consecuencias de sus elecciones. He vivido la tristeza que se siente cuando alguien no escucha tu advertencia, esa que le diste desde tu más soberbio y basto conocimiento de la vida, y tropieza y hasta cae.  Muchas veces, mi propia vida ha estado en pausa por eso, por andar viendo, opinando y proyectando en otros, lo que me corresponde a mí. Pero también en mi cotidianidad he estado molesta por la falta de educación de otros conductores, por la imprudencia de un peatón que se lanza a la vía, por las maneras como mi esposo va ensuciando hasta el último utensilio de cocina cuando me deleita con sus preparaciones, porque la chica de la tienda no levantó su mirada del celular mientras me atendía, porque mi papá insiste en salir a la calle solo a sus 88 años y sólo con su 10 % de visión, etc… por mencionar algunas cosas.

Mejor dicho, si se dan cuenta, tengo la fórmula del sufrimiento ( y creo que muchos de quienes me leen, también. O no se identifican?)

Claro que sé que es eso. Se llama ego y te arruina. Daña los procesos de consciencia y evolución de los demás, te convierte en un despreciable sabelotodo, que desgasta su energía en las cosas que no puede cambiar, pero que no se detiene a hacer algo con las que si puede transformar y, finalmente, te pone en el papel de víctima y le da paso a la manipulación. Y mientras todo eso pasa, la vida propia se pierde, se esfuma y transcurre sin ti. Sufres por lo que pasa, porque crees que las cosas deberían ser de otra manera y ese esfuerzo por cambiarla es agotador, eres tú, contra las elecciones y lecciones de la vida del mundo entero.

Es ahí donde traigo a mi pensamiento unas sabias palabras, cuyo autor es desconocido, pero ha sido atribuida a muchos santos, teólogos o influencers  antiguos de la espiritualidad: la plegaria de la serenidad, que reza así: “Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar, y sabiduría para entender la diferencia.”

Lo leo y comprendo que, en definitiva, vinimos a este plano a vivir una única vida: la propia, y es lo único que no hacemos. Opinamos sobre la de los demás, sufrimos por como ellos la llevan (hasta la chica de la tienda, o el conductor del bus) y luego, nos quejamos por la falta de tiempo y energía para hacer nuestros proyectos, para disfrutar de algún pasatiempo, para estar más en pareja o incluso conseguir una, para emprender, para viajar, para invertir, se nos fue la vida y se pasó el tiempo.

Gerardo Shmedilng, el Colombiano fundador de la escuela de la magia del amor, decía en sus bellas enseñanzas que liberarnos de ese sufrimiento en que se nos convierte la vida, es dejar de luchar contra ella, contra el orden perfecto y contra la pedagogía del universo, comprender que todo proceso es necesario por una razón válida y ACEPTAR.

El planteaba la aceptología como una ciencia, por cuanto invitaba a verificarla, no a creer en ella. ¿Qué sucede si aceptas la vida tal y como es, para ti y para los demás?, ¿Cual es el resultado de dejar que la vida sea, con sus enseñanzas, lo que corresponde, sin que pretendas cambiarla?

Hasta acá, lo cierto es que el sufrimiento empieza cuando rechazo el transcurrir de la vida, y ese rechazo es mi elección libre y voluntaria. Yo puedo elegir asentir y dejar ser. No necesito cambiar nada, ni a nadie, convencerles de que mi “fórmula” es mejor.

La vida es propia, es individual, es particular, aunque amorosamente enlazada por elecciones del alma para facilitar el mejor aprendizaje, como en un juego -porque el ejercicio es de doble vía-, las elecciones son responsabilidad de cada jugador y se irán dando los cambios simultáneos de éste para cada jugador, porque tiene su facultad de elegir como llegar al final de la partida y también puede optar por gozar o sufrir durante el juego por los movimientos que hacen los demás.

El juego es divertido, y al final, siempre se puede volver a comenzar.

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